Yo también me echo de menos. Pero de manera diferente, y hasta ahora sin precedente.
Me echo de menos porque no sé llorar como antes. Y si lo hago, me siento mal.
Te echo de menos a tí también, pero como algo cálido y con deditos. No me gustas con espacios, ni en arial.
Pero te juro que es muy raro todo.
Como si... no hubiese despertado.
¿Igual estoy muerta? ¿Igual me volví loca? ¿Igual mi realidad es totalmente ficticia?
Sea cual sea la respuesta, he de estar loca.
Pero ya no tengo melancolía, ya no tengo días de lluvia, ya no tengo paseos tristes en los que no sé quien soy, pero me gusta.
Y sí, los echo de menos.
Y echo de menos a aquel yo.
Pero, ¿sabes una cosa? Todo eso que no quieres leer, todo lo que no quieres oir, todo lo que tendrás que evitar ver cuando me mires a los ojos.
Todo eso, repara la herida que podría tener por haberme perdido, porque todo lo que he ganado, todo el autocontrol que me ha ayudado a encontrar, todo el conocimiento, de mí, del mundo, de él, la llave de esa puerta que siempre estuve buscando, el empujón para hablar conmigo misma, y que no hubiese ruido de fondo. Las dos, una, solas en un salón flotante, sin luz pero luminoso... pensando.
El echo de saber que no puedo caer, que no puedo no tener un objetivo, que tengo sentido, que aunque muriese no podría estar muerta, y que si vivo no puedo estar más viva...
El echo de tener a la persona perfecta para mí, conmigo, y todo lo que eso conlleva no lo cambio por los días de lluvia.
Y nadie mejor que tu sabe cuánto amo los días de lluvia.
Y correr, y llorar... sin que nadie se de cuenta.
domingo, 19 de diciembre de 2010
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